Delantales y varices

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La primera vez que sospeché que la vida se puede convertir fácilmente en una putada vivía en Londres. No entendía casi nada de lo que nadie en esa ciudad me decía y ganaba 200 libras semanales por trabajar once horas diarias, cinco días a la semana, en la cafetería de un edificio adjunto de no recuerdo qué universidad al que no iban estudiantes, sino gente bastante adulta que investigaba cosas. Supongo que de importancia, claro, porque en general te miraban por encima del hombro debido a su posición. Una que tú, mujer extranjera haciendo un trabajo que te va a llenar las piernas de varices, no ves ni de lejos. Porque hacer bocadillos ya se sabe que es mucho menos válido que hacer hojas de cálculo de excel y esto es un dato objetivo que seguramente hayan registrado en los manuales de cosas importantes de alguna universidad como aquella.

Mi compañera de trabajo y encargada de la cafetería, Vicky, era una chica lituana que me odiaba a mí, a la vida, a los clientes, al pan de sandwich y a la mantequilla de cacahuete. Siempre llevaba unas botas de caña alta -aunque menos que los calcetines que le asomaban- y sólo me sonreía cuando me hablaba de su novio, porque también era español. Hasta que me contó que habían roto.

Vicky se tomaba todos los días, a eso de las doce del mediodía, una lata de Coca-cola con el ansia de quien esnifa cocaína para aguantar la fiesta y siempre me mandaba a mí a llevar el catering de la reunión de turno a otros edificios de la universidad que había por la zona. A pesar de ser la tarea más tediosa de todas (porque significaba salir a la calle empujando un carro jodidamente inestable, en invierno y bajo la lluvia) por lo menos la perdía de vista un rato y me podía fumar un cigarro. O medio, porque acababa de empezar a fumar tabaco de liar (era el que me podía permitir) y lo normal era que aquello que liaba se me desmontara, se lo llevara el viento o resultara del tamaño de una uña.

Sólo había una persona que me trataba bien en aquel lugar. No me acuerdo de su nombre pero era un señor que venía todos los días a la misma hora a por un café y me preguntaba muy despacio, para que le entendiera, que qué tal el día y me decía algún chascarrillo que yo comprendía a medias. Por supuesto, no era un profesor, doctor o persona investigadora de asuntos; era el hombre de mantenimiento.

Dejé aquel trabajo a los dos meses de empezar porque me había cansado de llorar mirando a un grifo, de Vicky, de cobrar una miseria y de trabajar para un explotador que tenía puestas cámaras en la cafetería en la que él pasaba el día (era dueño de varias en la zona) sentado en un sofá observando a las chicas trabajar. Antes de ir a decirle que no volvería la semana siguiente, me había preparado un discurso buenísimo sobre explotación, engañar a sus trabajadoras y ser un hijo de la gran puta. Me lo había preparado en inglés, claro. Pero al final sólo le dije que quería buscar algo mejor. Él me preguntó que si Vicky era la razón por la que me iba, como si ésa fuese la única opción por la que querer abandonar tal puesto de trabajo, como si las condiciones laborales que ofrecía el muy cabrón fueran buenísimas. Tócate el higo. Y aunque un poco sí, le contesté que no, que no era por Vicky. Y me fui sin mirar atrás.

Mi segundo trabajo en Londres era también en una cafetería, también ganando menos del salario mínimo legal por hora y también con un jefe gilipollas. En este caso la gilipollez iba desde considerar que yo tenía unas “formas muy latinas” que hacían que se me notara demasiado que estaba estresada (menudo imbécil, en serio), hasta pretender que a sus empleadas les preocupara lo más mínimo la úlcera de estómago que supuestamente le había provocado el estrés de sacar adelante un negocio. A mí el historial clínico de este señor que probablemente no debería haber abierto un negocio en hostelería antes de aprender a gestionar el estrés, me la traía realmente floja. Pero el atacado tenía la suerte de que a la encargada, su mano derecha, sí le importara la úlcera. La úlcera, el negocio o lo que fuera. Y aquella mujer hacía todo lo que hubiera que hacer (menos pedirle al jefe que contratara más personal, que era lo que faltaba allí) para que el bar rodara y el jefe, con quien parecía tener cierto colegueo previo a la relación laboral, estuviera contento. La consecuencia era que todas las semanas, por lo menos una vez, la veías salir llorando de las reuniones con él, que tenían lugar en el almacén de comida, entre latas gigantes de salsa de tomate y panes de chapata para bocadillo.

En ese lugar trabajé durante nueve meses. Era menos duro que el primero, me pillaba más cerca de casa y con las propinas ganaba un sueldo que me permitía pagarme el alquiler, las pizzas congeladas del Iceland, el transporte, el bálsamo de tigre del Poundland y las clases de inglés.

Al dejar mi trabajo allí, y tras un año y tres meses viviendo en Londres, volví a España. Como digo, con la sospecha de que la vida tiende a putada con facilidad y por eso también con ganas de empezar de nuevo, de que me diera el sol, de encontrar un trabajo que me motivara, tal vez relacionado con mi carrera, con un sueldo digno. Tenía esperanza, lo juro.

Era febrero de 2012 y la vida no ha dejado de descojonarse desde entonces. Yo a veces me río con ella.

 


 

 

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