La tortilla que a Juan ya le da igual

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El generoso pincho de tortilla de Bar El Pontón

Fotos: Natalia Pérez Mas

Pasé mi adolescencia en la ciudad de Cádiz. Allí iba a un instituto público en el que perfilé de forma bastante mediocre mi rebeldía. Pero me gané el respeto de las malotas del recreo -no su amistad, pero sí su respeto- gracias a que llevaba un pendiente en el labio, recién hecho (que aún conservo), y, sobre todo, a que era de las pocas que fumaba; cuando fumar en los patios de los institutos era una realidad. Mayor lo serás tú.

Así que como tenía que fumar para seguir siendo respetada por las malotas y, en general, por toda la gente nueva que me rodeaba y me miraba como a la forastera que era, me tenía que gastar el euro con que contaba para un bocadillo en cinco cigarros sueltos en la tienda de alimentación que había en el camino de mi casa al instituto. Un lugar en el que olía fuerte a charcutería y que era regentado por el padre de una compañera de clase. Ese señor vendía tabaco a una niña de dieciséis años todos los días a las ocho de la mañana.

Aunque yo prefería fumar a comer, lo cierto es que envidiaba a los que se metían entre pecho y espalda uno de esos bocadillos de tortilla de los de la cafetería del centro. Grandes, aceitosos en su justa medida y siempre, siempre calentitos gracias a las indudables propiedades del papel film, o plástico film. El de envolver comida que es transparente. 

La tortilla que te llevas a casa a que te salve la vida

Me acuerdo de aquellos recreos porque en el Bar El Pontón también usan el film transparente para mantener la temperatura de la tortilla como recién hecha. Cuando llegamos, la barra de esta pequeña taberna está cubierta con siete tortillas de patata sin cebolla envueltas en este popular en cocinas material para tapar alimentos. Tras ella, se mueve de un lado a otro cual culebrilla hostelera Juan, un camarero rubio, de ojos claros, menudo y bien peinado que aumenta la velocidad de sus movimientos después de que le diga que si nos puede responder a unas preguntas. “Bueno, ahora es que tengo mucho lío; a esta hora me viene todo el mundo.” Son las ocho de la tarde y somos cuatro clientes en total. Pero no me importa que Juan no quiera pararse mucho a hablar conmigo. Me acuerdo del camarero de José Luis y sus estudiadas palabras y me satisface la verdad de Juan, que tira las cañas con dedicación y nos mira por el rabillo del ojo mientras nos comemos nuestro pincho.

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Muchas tortillas sobre la barra del Bar El Pontón

La tortilla de El Pontón es una delicia desde que te viene el olorcillo de estar aún caliente gracias al sumamente útil plástico envolvente. Me recuerda a la que transportas en un táper redondo, especial para tortillas, un domingo por la mañana camino de la sierra de Madrid, a pasar el día con tu familia, aprovechando que todavía os soportáis. Es esa tortilla que no has querido dejar muy poco hecha para que no se desparrame en el trayecto pero que sigue teniendo un punto de cocción acertado. El huevo está más presente que en la que te comes en casa porque se ha tostado un poco. Es un huevo mártir que se ha quemado sólo lo justo para que sepas que está ahí, protegiendo la estructura de esa tortilla que será devorada con tenedores de plástico en peligro de extinción, antes de discutir sobre denuncias falsas con tu cuñado y después de que tu padre diga: “El campo es que da mucha hambre.”

Todos los clientes que pasan por El Pontón conocen a Juan. Son clientes habituales, me dice, vecinos del barrio o personas que trabajan por la zona. Aunque, para habitual, él: “Llevo aquí desde que abrimos; cumplimos nueve años el 10 de octubre.” Nueve años vendiendo pinchos de tortilla hasta alcanzar las más de cincuenta tortillas de patata diarias. Casi nada.

Han pasado veinte minutos desde que llegamos y de las siete tortillas que había sobre la barra, quedan cuatro. Cada pincho servido en El Pontón es un cuarto de una tortilla, así que no es de extrañar que desaparezcan rápido. Además, hay quien viene a por la tortilla entera, para llevar, como el hombre de unos cuarenta años que se ha tomado un cortado en la barra, muy rápido, y ya se marcha para casa con una tortilla entera. “Cuando se me acabe la tortilla vuelvo, Juanillo”. Qué bien que existan las tortillas de patata salvadoras de cenas, desayunos y comidas para quienes no tienen tiempo, ganas o una sartén que no se pegue.

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“Bar Restaurante El Pontón. Especialidad en tortilla de patata.”

Todas las personas que han entrado al bar han venido a por tortilla. Para llevar, para comer un pincho con una caña o con un café con leche. Porque es esa hora en la que en España los más osados se atreven aún con la cafeína. Juan les corta los pinchos de tortilla, prepara el pan de acompañamiento, las desenvuelve, las envuelve. Y lleva siempre en las manos el brillo de los rastros de aceite que las tortillas van dejando. No es de extrañar que Juan no quiera comer más tortilla. “Ya sólo me la llevo cuando me toca el niño, porque a él le gusta.”

Así que a Juan no le he querido preguntar con qué cosas importantes de la vida compararía él una tortilla porque creo que para él esta comida es como cuando tienes muy vista a una persona y, aunque no la odias, la verdad es que te daría igual si desaparece de la existencia.

Bar El Pontón está en Calle de García de Paredes, número 11. En Chamberí, Madrid.

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