Las albañilas de Vancouver

Artículo escrito originalmente para Pikara Magazine

Hace unos meses me mudé desde Madrid, España, hasta Vancouver, Canadá. La calle en la que vivo y las colindantes están siendo sometidas a una gran obra de remodelación desde antes de que yo llegara. Lo primero que me encontré al aterrizar en lo que iba a ser mi nuevo barrio fueron un montón de aceras cortadas, camiones, excavadoras y una sorpresa: muchas mujeres trabajando en la obra.

Me hubiera gustado que esto no me llamara la atención pero, viniendo de un país en el que nunca he visto mujeres en la construcción, no pude más que sentir trastocado el saber que mi mente tiene de la realidad. Pensé en cómo habrán hecho en Canadá para que las mujeres tomen la decisión de hacer este tipo de trabajos porque, para que eso pase, hay que darle una buena patada a lo preestablecido, a la educación y al reparto de valores al que se nos somete desde que nacemos según nuestro sexo. No es que a las mujeres españolas (o de muchos otros países) no les den ganas de hacer según qué oficios así, porque sí.

Durante mi infancia y adolescencia no me planteé ser ingeniera, ni futbolista, ni política, ni conductora de autobús, ni cantante de una banda de rock. En mi entorno más cercano las mujeres se dedicaban o se habían dedicado a trabajo comercial, administrativo o a ser las responsables de la casa y los cuidados de los hijos e hijas. Mirando un poco más lejos, en otras familias, en los asuntos de los que hablaban los medios de comunicación, en la cultura; tampoco asomaban profesiones ejercidas por mujeres que se alejaran demasiado de los cuidados o se acercaran mucho al trabajo de fuerza, intelectual o puramente artístico. ¿Cómo me iba yo a imaginar a mi misma siendo jugadora de baloncesto profesional si todos los que sabía que lo hacían eran hombres? ¿De qué parte del cerebro me iba yo a sacar la idea de ser cineasta si no oía hablar de mujeres que lo fueran? Y como yo cualquiera de las niñas de mi generación, de otras anteriores y de las siguientes.

En cambio a nosotras, de niñas, se nos mandan mensajes más relacionados con tener que ser delicadas, cuidadosas y cuidadoras, calladitas, educadas y con falda. Se nos pone a jugar con cocinitas y bebés de plástico. Y, más adelante, con la primera juventud, se nos prestan nuevas preocupaciones que siguen alejándose de nuestro querer hacer profesional, de nuestras posibles aspiraciones. Todo ello para que nos ocupemos de estar delgadas, guapas, preocupadas por la imagen… Para que nos ocupemos de que no nos desprenda el cuerpo olor a regla o de esa compañera de instituto que, cuidado, seguro que te está poniendo verde porque “hay qué ver cómo sois las tías entre vosotras”. A quién le van a quedar ganas de ser ambiciosa, de pensar en petarlo en el campo de la ciencia o de ser astronauta cuando a ti la vida te ha estado preparando para otra cosa y llevas sobre la espalda todas esas consignas de cuyo peso ni siquiera eres consciente porque son tuyas -te han dicho- por ser mujer.

Y habrá quien diga: “Pues, oye, lucha por lo que quieres y lo conseguirás”. Esa tendencia al “todo es posible” y al “quien quiere puede” es peligrosa. Viene de una perspectiva clasista y masculinizada que deja de lado la desigualdad desde la que parte ese “quien quiere”, que está condicionado por el entorno o sociedad a la que pertenece y por su género. Se olvida de cuántas veces más se tiene que esforzar una chica para llegar a ser lo que quiera ser. Y de que cuando aquello que quiere es algo tradicionalmente desempeñado por hombres, por mucho que trabaje, no le será reconocido. Ese “todo es posible” obvia que “quien quiere” a lo mejor está cansada de intentarlo y que ese cansancio es legítimo porque parte de una injusticia muy bestia producida únicamente porque, en vez  de nacer con pene, naciste con vagina.

Esto no quiere decir que las mujeres no tengan que luchar por lo que desean hacer o ser en la vida. Ya lo hacemos y lo celebramos. Pero sí hay que tener en cuenta que siguen siendo necesarios estos análisis, como éste que hago aquí, sobre la ausencia de referentes y usarlos ante el amigo, cuñado o vecino que te habla de cuotas, de discriminación positiva, de la falacia de la diferencia salarial, de las denuncias falsas.

Por eso y porque aún nuestras hijas, primas, sobrinas y nietas necesitan más referentes en los que poderse ver reflejadas para saber que pueden hacer lo que quieran hacer, que pueden ser futbolistas, astronautas o trabajar en la obra. Pero no porque lo ponga escrito en una taza junto al dibujo de un corazón, lo diga Paulo Coelho o por cualquier otro agente del positivismo guay de redes sociales, sino porque forme parte de su realidad.

 

-No sabe el porqué de este tornillo y construirá un puente – Wislawa Szymborska

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